FOROS DE NEREA RIESCO

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Un poco de cordura

 
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mariano.alda
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Registrado: 05 Oct 2007
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MensajePublicado: Sab Mar 29, 2008 12:56 am    Título del mensaje: Un poco de cordura Responder citando

El origen de esta historia es una rabieta de mi hijo por quitarle de mi ordenador. Se enfadó tanto al verse desprovisto de su juguete que comencé a escribir en la pantalla una historia absurda, sin hablar ni mirarle, con el único objetivo de hacerle reír. Después de las tres primeras frases improvisadas, se le cambió la cara y empezó a hacerme sugerencias para hacer más gracioso el texto.

Tras las primeras risas, ya cumplido mi objetivo original, me pareció divertido seguir escribiendo y escribiendo, hasta que quedó este engendro que, una vez retocado para limar errores de bulto y darle algo de consistencia, ahora comparto con vosotros con la única esperanza de arrancaros aunque sea una sonrisa de puro absurdo.



Algo de cordura


No tengo ni idea de por qué, pero el caso es que sentí la necesidad de disfrazarme de hormiga. Desde luego, era un día impar, pero supongo que también tendría algo que ver la asombrosa forma de hormiga de las nubes de color naranja: comenzaba a salir el sol y su primer trocito coloreaba todo el horizonte. ¿Han caído en la cuenta de que todos los amaneceres y los atardeceres son distintos cuando hay nubes? Bueno, pues me asaltaron unas ganas tremendas de disfrazarme; pero no tenía ese disfraz, así que me puse a contemplar a las hormigas que ya tenían casi ocupada la cocina. ¡Qué casualidad que me entraran ganas de disfrazarme precisamente de hormiga!

Miles de ellas acudían a los paquetes de azúcar para devorarla en una inmensa bacanal de gula. Bueno, no es que me importe que las hormigas se coman el azúcar, pobrecillas, pero es que había tantas que no podía entrar en la cocina. Sonó en mi interior una campanita que me decía que tenía que hacer algo, poner un poco de cordura en aquel desbarajuste. Cogí un cubo y quité unas cuantas miles de hormigas y las tiré por la ventana. No es que me importe que las hormigas se caigan por la ventana, pero es que le cayeron encima a un viejecito que pasaba bajo la terraza. Lástima. Bueno, pues las hormigas ya pudieron comer con más tranquilidad, porque así no se atropellaban ni se pisaban unas a otras. Y no se preocupen por ellas: las hormigas son muy resistentes. En algún sitio he oído que pueden transportar varias veces su propio peso, de forma que no creo que les pasara nada a las que se cayeron por la ventana. Bueno, exceptuando a las hormigas que aplastara el viejecito en su inútil intento por quitárselas de encima. Pobre viejecito... Bueno, pero las hormigas también merecían atención, ¿no? Cuando terminó el festival de hormigas, me puse a mirar de nuevo al hermoso amanecer, que ya iba camino de convertirse en hermoso mediodía -tanto había sido el tiempo que había pasado dedicado a ordenar la comida de los insectos-.

De tanto ver comer, me entraron unas ganas tremendas de comerme una berenjena. ¿Que por qué una berenjena? ¿Qué sé yo? ¿Es que tiene algo de malo? No tenía berenjenas, así que tuve que salir a comprarla. Fui al supermercado: bueno, no es que me guste mucho ir al supermercado, pero si uno quiere comprar una berenjena tiene que ir, ¿no? Para no salir a la calle sin nada, me puse un disfraz de canguro, que ese sí que lo tenía. La acera es estrecha y tenemos que rozarnos cuando nos cruzamos con alguien que viene de frente. Todos los que me cruzaba me miraban con risitas descaradas. Yo les decía:

—¿Qué pasa? ¿Es que parezco un canguro o qué?

Y cuando entré en el supermercado, la gente seguía mirándome. Yo les decía:

—¿Es que nunca habéis visto un canguro comprando berenjenas?

Al final conseguí comprarla, pero tuve que pelear con la verdulera. Decía que los canguros no comen berenjenas.

—¿Qué sabrás tú? ¿Es que acaso has sido canguro alguna vez? —le dije.

La gente no tiene ni idea de lo que significa ser canguro. Parece muy bonito, ir saltando de aquí para allá. Muy divertido, ¿eh? Pues no. La vida de un canguro es muy difícil. Empezando por la bolsa. No, no es que puedas ver a los canguros haciendo aspavientos como un chiflado, con dos teléfonos en cada oreja, mirando con un ojo a cada pantalla de cifras y gritando: “¡compra, compra!” No es eso; es que, nada más nacer, nos meten en la bolsa de la madre. Si quieren que les diga la verdad, es una sensación agobiante: está oscuro y casi no te puedes mover. Pero se estaba calentito y también tenía las tetillas de mi madre allí, y cuando tenía hambre, pues comía. Para eso está comer, para quitarse el hambre cuando le entra a uno, ¿no?

¿Por dónde iba? Ah, sí: compro la berenjena y me dirijo de nuevo a casa. El pobre viejecito aún manotea para intentar librarse de las hormigas. Pobre loco... Subo saltando por las escaleras, que para eso soy un canguro. Y cuando llego arriba, me doy cuenta de que la verdulera tenía razón: los canguros no comen berenjenas. Le doy un bocado para asegurarme, y está asquerosa y dura. “A ver si va a ser que las berenjenas hay que cocinarlas”, me digo. Pero, entre la cantidad de hormigas que había en la cocina y que los canguros no saben cocinar, pues me quedo sin berenjenas. “A ver qué tomo de desayuno, que se me va la hora”, pienso. No recuerdo muy bien lo que desayunan los canguros, así que decido quitarme el disfraz de una vez para poder desayunar. Además, les aseguro que ir saltando al cuarto de baño cuando uno no puede aguantar más es bastante peligroso. Llego a tiempo al cuarto de baño. Bueno, no es que me guste mucho ir al cuarto de baño, pero es necesario, incluso para un canguro. Les ahorraré los detalles, creo que sí.

Me dominaron otra vez las ganas de disfrazarme. Me pasa de vez en cuando los días impares, nada grave. Esta vez se trataba de un disfraz imposible: de water. Así no tendría que ir al cuarto de baño: yo sería el cuarto de baño. Cuando me sorprendo pensando estas cosas, a veces creo realmente que me estoy volviendo loco. Pero todos estamos un poco majaretas, ¿no?

Revisando los arcones donde los guardo todos, el día llegó a su fin; no sé si porque él mismo quiso, porque tenía que terminar o para que acabara aquella majestuosa caravana de disfraces, que tan entretenido me tuvo desde el amanecer. Era hora de descansar de soles, hormigas, orejas, berenjenas y waters. Y de la verdulera, sobre todo de ella. Desgraciada sabihonda... ¿Qué sabrá ella de canguros?

Soñé con el día en el que todas las personas estuvieran más cuerdas y, sobre todo, fueran más educadas: que el mundo entendiera a los canguros; que las berenjenas se vendieran ya cocinadas por si alguien no quiere o no sabe hervirlas; que las hormigas fueran más ordenadas para comer de una en una y, desde luego, que no entraran sin pedir permiso en las cocinas de la gente corriente; que los agentes de bolsa hablaran únicamente por un teléfono a la vez; que los viejos tuvieran más cuidado al pasar por debajo de las terrazas, no les vaya a caer un cubo de hormigas. En fin: lo normal.

Me despierta otro día radiante. Los rayitos de sol se cuelan por las rendijas de la persiana. ¿Cómo podría conseguir que no me miraran por la calle? Quizás si encuentro un “disfraz de yo”, me vean como soy y no se rían de mí. Hoy es día par, o sea, que toca comprar disfraces. En la tienda me tratan bien. Compro muchos disfraces. Sólo el merluzo gordito se ríe de mí. Está tan gordo que parece un tambor de lata. Seguramente, Don Pimpón será amigo de la verdulera. Pero los demás me tratan con cariño.

Llego a la tienda. El mostrador está vacío. Vacío de personas, quiero decir, porque está completamente plagado de disfraces, que cuelgan del techo, abarrotan las paredes y parece que te envuelven, como un esperpéntico ejército de plástico, tela y goma. Miro a todos lados: de capitán, el Capitán Garfio -¿cómo iba a ser?-; de teniente, Superman; de sargento, Rambo; y de apoyo aéreo, la bruja piruja.

—¿Qué quieres hoy? —vuelvo la cabeza, y ¡vaya!, me tocó el gordito con su sonrisa de lata y su calva brillante.

Me asaltan unas ganas horribles de llamarle “Don Pimpón”, pero no: yo no soy como él. Hago acopio de valor, tomo aire y respondo:

—Un disfraz de yo —sus carcajadas se escuchan en toda la plaza, y yo miro alrededor para ver si alguien se ríe también fuera de la tienda.

Como sabía que, si me tocaba este tío, se iba a reír de mí, vine a deshora. Que te crees tú que vas a poder conmigo, ¿eh?

—Un disfraz de yo —repito sin inmutarme.

De la cara del gordito se va borrando esa sonrisita sebosa. “A ver quién ríe el último”, pienso. Primer asalto, ¡fuera!

—Un disfraz de yo —insisto como un... martillo pilón.

—Sí, sí, ya te he...

—Un disfraz de yo, por favor.

—¡Joder, ya me he enterado! —dice el vozarrón de Don Pimpón retumbando en toda la plaza, con la cara como una locomotora, y luego se pone a toser; tose dos docenas de veces: tanto que creo que se muere allí mismo.

—Me he dirigido a usted con educación. ¿Sería tan amable de mostrarme al menos el mismo respeto? —digo con voz seria cuando el gordito recupera el resuello, todavía con su cara de lata colorada.

—Discúlpeme, señor. ¿Puede decirme qué disfraz desea? —pregunta el gordito ya más tranquilo, pero con una musiquilla de sorna.

—Eso está mejor. Quiero un “disfraz de yo”.

—¿Un disfraz de yo?

—No, un “disfraz de usted” no, un “disfraz de yo”.

—Eso es lo que quiero decir, un “disfraz de usted”, que me está liando.

—Perdone, señor dependiente, pero se está liando usted solo —afirmo rotundo.

—No tenemos “lo-que-usted-llama-un-disfraz-de-yo” —y apoya las dos manos y media barriga en el mostrador.

—Sí que lo tienen. Usted lleva uno puesto, y usted parece usted —el aplastante argumento deja sin habla durante unos instantes al señor gordito. Al fin, retira la barriga del mostrador y balbucea:

—Yo soy como soy, no llevo ningún disfraz...

—Mire usted: yo llevo siempre un disfraz de desgraciado, pero es sólo un disfraz. Es más, es un disfraz que sólo usted ve. Ese disfraz le hace a usted gracia, y se ríe de mí siempre que vengo. Yo jamás le ha faltado al respeto, y sin embargo usted se ríe de mí. Yo le compro disfraces, que es lo que usted vende aquí. Y usted se ríe de mí. Yo llevo un disfraz de loco, ¡y usted se ríe de mí! —vocifero, pero Don Pimpón no se mueve. Quizás, incluso me tenga miedo.

—Pero usted lleva un disfraz de ir directo al infierno —continúo casi susurrando y subiendo el tono poco a poco—; porque un día, cuando su corazón no pueda soportar durante más días el peso de las comilonas de filetones grasientos, el Señor le preguntará si hizo algo bueno en su vida. Y usted le dirá: “había un pobre loco que venía a la tienda, y yo le vendía disfraces”. Y el Señor responderá: “Y te reías de él con saña, en su cara; y se lo contabas a tus amigos en la taberna; y te burlabas durante todo el día a su costa. Y lo hubieras abierto en canal como a la gallina de los huevos de oro, si hubieras sabido que dentro de él había más risa.”

Don Pimpón se queda mudo de nuevo.

—Prefiero mi disfraz que el suyo —digo, y me vuelvo a casa, a ver si, de camino, me da tiempo de comprar alguna berenjena.
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feliduca
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Registrado: 02 Sep 2008
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MensajePublicado: Mar Sep 02, 2008 8:09 pm    Título del mensaje: Responder citando

Este me lo voy a guardar.... me encantooooo Smile










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mariano.alda
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Registrado: 05 Oct 2007
Mensajes: 65

MensajePublicado: Mie Sep 03, 2008 7:28 pm    Título del mensaje: Pues si te gustó... Responder citando

Aunque sea un pseudorelato de tipo pamplina-de-puro-absurdo, me lleva unas cuantas horas terminar cada página que escribo. Para los aficionadillos como yo, que habitualmente sólo contamos con la gratificación personal que proporciona escribir -mejor o peor-, el esfuerzo merece la pena sólo con que una persona -tú- disfrute de él y lo haga saber. Gracias por tu comentario Smile
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